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Laura y el Mar (una más que faltaba acá)

El día era tibio y aunque ya el verano había pasado, algunos días todavía se podía disfrutar de una temperatura agradable.

Laura tomó su bicicleta y pedaleo hasta la playa. Cuando llegó no había casi nadie.

Era su hora favorita, la del atardecer. La hora en que el sol se fundía con el mar y ella en la soledad de la playa podía disfrutar de los colores y del silencio.

Apoyó la bicicleta contra un muro de la costanera y comenzó a bajar los pocos escalones que la separaban de la arena. Caminó descalza hasta el mar, mientras la suave brisa le revoloteaba entre su cabello y no percibió que alguien la estaba mirando.

Laura era joven, en su interior casi una niña, pero era muy nostálgica. Siempre había tenido a quien extrañar, una madre, un padre, un amor, un hermano…y fue esa misma nostalgia la que la hizo ir ese atardecer a la playa.

Al llegar a la orilla del mar, levantó su larga pollera que le rozaba los tobillos y dejó que las pequeñas olas le mojaran los pies. El agua estaba fría, ya era Abril.

Quien la observaba pensó en lo hermosa que era esa mujer que caminaba como sobre una nube y mojaba con el agua del mar, sus pequeños pies. Cuando la vio acostarse sobre la playa sin que le importara si su pelo se llenaba de arena, le interesó aún más seguir mirándola.

Laura apoyó su espalda y sintió la tibieza que todavía se mantenía en la arena, tomó pequeños puñados con sus manos y jugó durante un rato con la arena mientras, con los ojos cerrados, escuchaba a las gaviotas y el sordo ronquido del mar.

El mar siempre había sido algo especial para ella, pero ese lugar, esa playa, sentía que era su lugar en el mundo. El único lugar en donde se sentía conectada con el universo y en donde todo era posible. Un lugar en donde las dimensiones cambiaban, allí los grandes problemas parecían pequeños comparados con la inmensidad del mar, y el profundo amor que sentía parecía tener una fuerza gigantesca…ella quería ser la marea, quería ser parte de eso y poder estar del otro lado del mundo en solo un momento.

Sus ojos no podían dejar de mirarla…le seducían sus caderas, su manera de moverse, el tono de su piel, la manera en que se arreglaba su largo pelo. Por un momento hasta fantaseó y se vio haciéndole el amor. Pensó en bajar más cerca de la orilla y hablarle, presentarse, pero no quería molestarla. Parecía como si ella estuviera manteniendo un ritual, se la veía como en otro plano y no sabía si interrumpir todo eso. Además, le fascinaba mirarla y que ella no lo supiera.

Abrió lentamente los ojos y se sentó de piernas cruzadas, ya el sol estaba llegando a tocar el horizonte y no quería perderse ni un momento de ese atardecer. Era muy especial. Era el último. Había tomado una determinación y luego las cosas ya no serían como hasta ahora.

Sacó un papel de su morral y releyó una carta que había escrito la noche anterior. Era una carta breve, una carta simple, una carta de despedida. En realidad era un borrador del original que ya le había echo llegar al destinatario. Laura no había tenido el coraje de hablar y había preferido escribir, siempre era más fácil así.

Concentró su vista en el horizonte, esa bola de fuego ya comenzaba a fundirse en el agua y a formar unos colores maravillosos, únicos. Tuvo un escalofrío y no supo si estaba desabrigada o era una sensación de ese momento.

El seguía mirándola. Pero sentía que era un momento especial y que no tenía que interferir. Pensó que el pueblo era chico y que seguramente la volvería a ver para poder hablarle. Miró su reloj y pensó que ya era tarde para seguir en la playa. Subió a la costanera y comenzó a caminar lentamente. Antes de alejarse demasiado, volvió a mirarla y grabó esa imagen del atardecer y ella en la playa…era mágica. Más de una vez en el largo recorrido que lo separaba de su casa giró su cabeza, esperando verla.

Faltaban apenas unos minutos para que el atardecer terminara por desaparecer y llegara la oscuridad de la noche. Laura comenzó a sentirse más triste aún. Pensó en los motivos por los que había tomado esa determinación y evaluó si estaba mal lo que estaba por hacer.

Se puso de pie y miró a su alrededor. No vio a nadie. Estaba sola. Era el momento que esperaba. Dejó su morral, se sacó la pollera y caminó hasta la orilla del mar. Volvió a mirar a su alrededor, vio a una persona caminando por la costanera, pero nada más.

Deseo con todas sus fuerzas que él estuviera allí. Que la rescatara.
Pero no había nadie. Solo ella. Y ella no tenía más fuerzas.

Decidida, caminó hacia el mar y con las mejillas inundadas de lágrimas, se dejó llevar.

Cuando él llegó de la playa, encontró una carta pegada a la ventana de su casa. La abrió y vió que estaba firmada por Laura.

“No conozco a ninguna Laura” -pensó.

Despertar (no es nuevo, pero me faltaba postearlo acá)

Lentamente despertó en esa habitación. Aquel cuarto que podía parecer pequeño para quien lo viera, para ella era todo un universo. Un universo que investigar y descubrir. Aquel universo en el que tantas veces había añorado estar.

Acostada y todavía sin moverse en esa estrecha cama, recorrió con sus ojos cada elemento que estaba apoyado sobre el escritorio junto a la cama, la ropa que había quedado tirada en el piso, los posters que decoraban las paredes. No había muchas cosas, pero todo le llamaba la atención.

Pensó en donde estaría él, la cama todavía guardaba su tibieza. Quiso saber la hora pero estaba demasiado a gusto como para moverse y tener que buscar un reloj. A pesar de que el cuarto no tenía ventanas, calculó que todavía era de madrugada y no había amanecido. Volvió a pensar en donde estaría él, y pudo oler en las sábanas el aroma de su perfume.

Recordó lo maravilloso que había sido el encuentro de la noche anterior. Tantos años. Tantas ilusiones. Las lágrimas en sus ojos en el momento de mirarse por primera vez. La charla mezclada con las copas y poder reírse tanto. Entenderse tanto. Perdonarse tanto. La suavidad de sus manos recorriendo cada milímetro de su piel. La pasión contenida por tanto tiempo, siendo expresada al fin. Esa perfecta química que los había unido desde el primer día.

Dónde estaba él? Antes había pensado que estaba en el baño o en la cocina tomando un poco de agua, pero ya había pasado mucho tiempo para eso. O no. En realidad no tenía mucha noción del tiempo. Estaba tan perfectamente cómoda que no quería mover un solo músculo por miedo a perder esa sensación. Pero quería que él volviera. Sentía tantos deseos de que la abrazara nuevamente. De sentirlo pegado a su espalda mientras le hablaba al oído. De quedarse dormidos juntos y que sus respiraciones se volvieran una.

Cruzó por su cabeza una idea que descartó de inmediato. Era una locura pensar en que él no volvería. Si ese era su cuarto! Allí estaban todas sus cosas. Miró su computadora y pensó en cuantas veces habían hablado con un monitor de por medio, sin poder tocarse ni verse. Y recordó también todas las veces en las que ella había imaginado estar en su cama, como estaba ahora. Cuantas veces había fantaseado con la idea de despertarse y verlo a él junto a la cama, sentado, mirándola mientras ella dormía luego de hacerle el amor.

Faltaría mucho para que volviera? Realmente se moría por estar con él otra vez. Cerró los ojos y se quedó allí acurrucada como había despertado, esperándolo.

Cuando despertó se encontraba muy lejos de aquel cuarto. A miles de kilómetros de distancia. Se miró al espejo que la enfrentaba junto a su cama y vio su cara de todas las mañanas. Sola, ojerosa y triste como siempre.

Había despertado.

La Casa de Flores

Apenas entendía.

Esa pequeña, en aquel momento tendría unos 11 años. 11 inocentes años.
Estaba comenzando 5º grado en la escuela primaria; trataba de memorizarse las tablas, y aunque siempre le iba bien en el colegio, jamás las aprendería.

Quizás por todo lo que estaba por suceder.

Todavía jugaba a las muñecas o a la secretaria en su cuarto del semi piso donde se había criado, su mayor ilusión del año eran las vacaciones. Su mar, la casa de la playa, las amigas de verano, creía que de grande iba a ser maestra, sentía que era feliz, que la vida era perfecta, pensaba que tener 2 papás y 1 mamá era de las cosas mas normales del mundo.

Un día cualquiera, de repente, la burbuja en la que habían tratado de mantenerla aislada de su propia realidad, había explotado abruptamente y ella apenas entendía lo que estaba sucediendo.

Se vio sentada en el sillón de orejas, de un solo cuerpo y con ese respaldo enorme que estaba en el living, allí donde se sentaba su bisabuela judía, con sus uñas siempre impecablemente pintadas de rojo, a dar órdenes y criticar eternamente a cada integrante de la familia. Quizás por eso, cuando creciera nunca se pintaría las uñas de rojo...quizás por eso ella nunca sería ese prototipo de mujer que fueron su bisabuela y su abuela paternas.

Sentada allí, no podía hacer más que abrazar a su muñeca preferida, como si eso pudiera protegerla de lo que pasaba. Los gritos la aterrorizaban, nunca los había escuchado. En esa casa nunca se escuchaba una discusión, todo era perfecto.

Solo después de muchos, muchos años, se enteraría de lo que sucedía en una de las habitaciones mientras ella esperaba, con su carita asustada, sentada en ese sillón.

Su padre y su abuelo, se la disputaban.

Su padre luchaba por lo que siempre tendría que haber sido suyo. Su hija. Y los abuelos, supuestos salvadores devenidos en apropiadores, no le permitían llevársela. Que no le podía dar nada, que no tenía nada, que su vida era un desastre, que no tenía conducta, que vivía con una manga de vagos...

Geniales conclusiones de una realidad que ellos mismos habían generado.

En el fragor de la discusión con su propio hijo, el abuelo sacó el arma que guardaba en el placard. Lo amenazó y le dijo que si se llevaba a la pequeña, sin dudarlo, lo mataba.

Pelearon, forcejearon y luego de casi romperle un brazo al abuelo para tirar el arma por la ventana, el padre tomó a su pequeña hija y se la llevó en medio de gritos.

Apenas entendían lo que estaba sucediendo, padre e hija. Tomaron un taxi y llegaron a la casa del barrio de Flores.

La casa era enorme, era antiguamente hermosa, pero estaba muy deteriorada. Tenia más de 6 habitaciones, una cocina que la pequeña nunca recordaría bien, patio, todo muy espacioso y amplio, un comedor grande y un living inmenso, donde había una tele en una mesa ratona y un gran sillón.

Era una casa tomada, cuando todavía no existía la moda de los okupas. No se sabía bien cuanta gente vivía allí, pero eran muchos. Había una sala de ensayo, un taller plástico, en el patio unos zancos que eran del payaso.

Esa pequeña que recién salía de su burbuja, comenzaba a descubrir un mundo nuevo, que le era ajeno, desconocido, atemorizante.

Dormía en la habitación que era de su padre hasta ese momento. El le había dejado ese rincón privado, protegido del resto de la casa. Era una mínima habitación de 2x2, que estaba al fondo de todo, antes de llegar a la terraza subiendo una intrincada escalera caracol.

En ese cuarto había telas colgadas en las paredes, posters de músicos, un colchón de una plaza en el piso con una colcha pallette turquesa que nunca olvidaría.

En esa casa vivía otra niña, unos años mayor. Juntas jugaban, se divertían y la pequeña aprendía lo que era realmente vivir como una niña normal. Lo que para la mayor eran travesuras, para la pequeña era darse cuenta de que hasta ese momento, jamás había vivido.

Juntas robaron cigarrillos a uno de los que vivía en la casa, de un paquete olvidado sobre una mesa y los ocultaron detrás un poster de un cantante de rock. Esa ínfima habitación tenía una única ventana y sería allí donde la pequeña fumaría un cigarrillo por primera vez. Fumaría hasta los 25 años y después lo dejaría, pero siempre, siempre que se sintiera nerviosa o muy deprimida, desearía encender uno otra vez.

Una noche, de madrugada mientras todos dormían, las niñas desearon llenarse la panza de golosinas. Tomaron un dinero que tenían escondido y salieron a la calle. La avenida era enorme, había muchos autos, la pequeña sentía vértigo, miedo, adrenalina mientras caminaban rápidamente hasta la esquina.

Al llegar, mientras esperaban el semáforo rojo para cruzar, la pequeña tomó fuerte la mano de su amiga. La mayor se soltó y le dijo que ya eran grandes para andar de la mano. La pequeña no pudo explicarle que por primera vez, cruzaba sola la calle.

Esa casa fue para la pequeña un despertar para muchas cosas. Vio cosas que no tendría que haber visto, y que sin dudas comprendería solo con el paso de los años.

En esa casa fue que la pequeña vio por primera vez una escena de sexo en la televisión, hasta ese momento tenía prohibida la televisión luego de las 9 de la noche.

Pero no fue eso lo que más le llamó la atención, si bien se sentía impactada... Lo que más le interesó fue ver como toda la gente reunida alrededor de la tele, hombres y mujeres, disfrutaban.

Descubrió que el sexo, sin saber bien que era, no era lo que le habían querido inculcar. No era algo prohibido, malo, macabro...

En esa casa, vio como su padre en la mesa ratona, "usaba" lo que a ella le decía era un "remedio para el resfrío".

Siempre, eternamente aunque quisiera olvidarlo, recordaría la imagen de su padre con el tubito de una birome bic, aspirando sobre el vidrio.

El día en que la fueron a buscar tenia el pelo enredado luego de 4 días de no peinarse y de más de un mes de no ir al colegio.

Ella misma bajó la escalera para abrirle la puerta a quien venía a rescatarla; aunque su sensación era que volvían a encerrarla en aquella burbuja de irrealidades.

Sabía que debía volver, pero ella solo quería quedarse. Quería estar cerca de su padre.

Luego de esto, ya nada sería igual, la pequeña crecía.

Con el paso de los años, esa pequeña convertida en mujer intentaría tenazmente tener una vida normal, que nunca lograría.

Una historia más

Sí sí ya sé, me tengo que poner a escribir de nuevo.
Pero ando vaga, o no se me ocurren ideas interesantes.
Prometo que pronto le haré caso a mi maestro Stephen King y me sentaré frente a una hoja en blanco y me obligaré a escribir algo.
Él tiene razón, siempre funciona y algo sale.
De momento les dejo una historia, de las más nuevas que tengo, la escribí en Mayo de este año.
La particularidad de este texto, es que es el primero después de un muy largo período, en el que la historia no termina mal.
Espero que les guste. Espero comentarios, críticas y esas cosas.

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Desayuno

Le dio tres vueltas a la cucharita, como cada mañana hacía cuando preparaba su café. Si tomaba café solo lo prefería con azúcar, ya que solo soportaba el sabor del edulcorante si era un cortado.

Esas pequeñas obsesiones le recordaban a ella. A pesar de habérselas criticado tantas veces, en definitiva le gustaban, era algo más que la hacía tan especialmente única.

Tomó un sorbo de su café y disfrutó del sabor. Comenzó a trabajar, tenía un largo día por delante, con muchas actividades y responsabilidades. Quiso concentrarse en ese proyecto que tenía que presentar por la tarde, pero ella volvió a su cabeza.

Recordó la noche anterior y como le había hecho el amor.
Luego de la cena la había mimado un largo rato y le había preguntado si quería unos masajes para aliviar su constante dolor de espalda. Desde hacía un tiempo ella sufría de ese dolor y solo sus masajes lo aliviaban un poco, para no tener que llegar a las pastillas. Ella decía que no quería tomarlas si podía soportarlo y él pensaba que todo estaba relacionado a la vida que había tenido, a ese siempre cargar pesos sobre su espalda.

No pudo evitar recordar la sonrisa de ella, el sí inmediato y de la increíble forma en que se había sacado la remera dejando su cuerpo al descubierto para que él pudiera hacer, y se había recostado en la cama dejando esa maravillosa espalda completamente a su disposición. Por supuesto, su cuerpo reaccionó ante ese juego de la memoria, de la misma manera en que había reaccionado la noche anterior.

Repasó uno a uno sus movimientos, semejante imagen lo había tentado por supuesto, y antes de tocarla había puesto su cuerpo sobre ella para sentirla y que lo sintiera, y le había besado la espalda...el cuello. Ella había respondido con esa clase de sonidos que a él le encantaba escuchar y en ese momento quiso tenerla, pero ella reclamaba los masajes prometidos. Y él cumplía con sus promesas.

Sabía que esa mujer que él decía propia, no lo era. Al menos no del todo. Podía haber firmado un papel o haberse puesto un anillo, podía haber jurado cosas que no iba a cumplir, pero él sabía que en su cabeza y su corazón se escondía un profundo océano de historias y secretos que nunca iba a llegar a conocer por completo, y quizás, no quería conocer. Porque no quería que nada de eso fuera una traba, un impedimento para poder tenerla con él, para poder disfrutarla hasta el último momento...la amaba así, como era.

Volvió a sus recuerdos y visualizó como, luego de cumplir con lo prometido, la había empezado a besar muy suavemente y a acariciar por todo el cuerpo. Le encantaba ver como su piel brillaba con el reflejo de la luz del televisor encendido, y cómo se revolucionaba con ráfagas de escalofríos cuando él la besaba en el cuello. Le fascinaba ver que él provocaba eso en ella.

Conocía perfectamente la ubicación exacta de todos y cada uno de los lunares de su cuerpo, los de su espalda, sus brazos, el del costado de su pecho izquierdo, los de su cuello, el que estaba cerca de su ombligo, hasta los dos mínimos de su oreja derecha y ese tan interesante que tenía justo entre medio de sus pechos y que solo era visible cuando ella estaba desnuda.

Estaba tan profundamente enamorado de ella, que a veces temía perderla.

Un sonido lo volvió a la realidad. El teléfono. Atendió, era su jefe. Miró la hora y pensó en lo tarde que se había hecho. Tenía que volver al trabajo. La presentación.

Se disponía a dejar los recuerdos de lado por un rato, cuando sonó un mensaje de texto en su celular. Era ella.

"Me encantó lo que me hiciste anoche. Te amo."

Sonrió, cerró el celular y se dispuso a trabajar.
Ya faltaba menos.
Esa noche le iba a hacer el amor, otra vez.

Seguimos refritando...

Este texto lo escribí por Noviembre del 2007, en la previa de mi casamiento.

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Wedding Day

Apoyó su nariz contra en frío vidrio y miró como la ciudad comenzaba a movilizarse. Eran las 6 de la mañana y ella había pasado toda la noche despierta. La temperatura era demasiado baja para ese Diciembre, y si bien la casa era tibia y acogedora, ella sentía el frío en lo más profundo de sus huesos y su corazón.

Dio un paso hacia atrás y miró la marca que había dejado su cara apoyada en la ventana. Pensó en que muy pronto las cosas cambiarían para siempre. Vio el reflejo en el vidrio, lentamente se dio vuelta, apoyó la espalda contra la ventana y volvió a mirar su vestido.

Ese día se casaba.

En unas horas comenzaría a sonar el teléfono, el timbre y todo se convertiría en un gran torbellino de detalles por resolver. Pero allí, parada en su habitación, por donde había deambulado toda la noche casi desnuda, ella solo quería disfrutar de esos últimos momentos de quietud.

Necesitaba pensar, ordenar sus ideas y su corazón.

Se sentó en el piso, apoyó un codo sobre la cama y observó largamente la foto que tenía desde hacía largo tiempo sobre su mesa de luz. Recordó como había sido todo desde el primer día en que se habían conocido. Como seguía sintiendo que él la había rescatado del profundo abismo en el que se encontraba casi 2 años atrás. Él la había tomado de la mano y la había arrancado de ese oscuro lugar donde permanecía inmovilizada y en donde parecía que la muerte era la única salida para dejar de sentir tanto dolor.

Algo más de un mes atrás había comenzado a fumar nuevamente, a él le había dicho que era por el stress, por los nervios del casamiento. Le había mentido, había vuelto a fumar desde ese día, luego de esa discusión. Y había pasado toda la madrugada encendiendo cigarrillos y recordando ese momento, en que ese sueño había terminado.
Había sentimientos encontrados en su corazón y otros que corrían en paralelo. Deseo, bronca, culpa, felicidad, tristeza, desolación, un enorme cariño y un profundo amor.
No estaba arrepentida de la decisión que había tomado, pero no dejaba de pensar en lo que podía haber sido. Y eso la estaba enloqueciendo.

Caminó hasta el baño y comenzó a juntar agua en la bañera. Necesitaba un baño bien caliente, algo que la relajara un poco después de esa larga noche.

Fue hasta el living para poner música…hacía mucho que no disfrutaba de esas cosas que hacía cuando vivía sola. Darse un baño de inmersión, mientras sonaba su banda favorita y se masturbaba en el agua, era uno de los mayores placeres de su vida de soltera.

Pensó en qué música poner…dudó y eligió ese cd que le recordaba a él.
Con él no se casaría, ni tendría hijos y quizás nunca acabarían juntos, pero era su gran amor. El hombre que hasta el día que se muriera, con solo evocar su recuerdo, la haría sonreír. Era un hecho, ese día se casaba con otro…mientras por dentro, en lo más profundo de su alma, sentía un amor tan inmenso por ese hombre, que le dolían los huesos de sentirlo.

Recordó las últimas charlas en las que todo pendía de un hilo….podían pasar de ser los seres más dulces del mundo, a querer matarse al instante siguiente.
Recordó como ella evadía ciertos temas y rememoró las respuestas de él…“no digas que me adorás, cuando en realidad me amás”.
Eso había llegado a lo mas profundo de su corazón…ella no quería mentirle, pero sentía miedo de seguir amándolo de esa manera.

Apagó el último cigarrillo del paquete, se quitó la escasa ropa que usaba para dormir y la metió en el cesto de la ropa sucia. Desde adolescente le gustaba dormir así, escasa ropa interior y alguna de sus remeras favoritas; y aunque esa noche no había podido conciliar el sueño, se sentía cómoda así.

Volvió al baño, la bañera estaba casi llena. Metió tímidamente un dedo del pie, y al comprobar que la temperatura era agradable, hundió toda la pierna. El contacto con el agua siempre le había resultado sumamente agradable. Era como sentirse en su medio natural…fundamentalmente en el mar.

Se sentó e inclinó su cabeza hacia atrás para mojar su pelo…pensó por un segundo en que iba a tener que ir a la peluquería más tarde, aunque no tuviera ganas.
Se venía sintiendo así desde hacía mucho tiempo, desganada…y ni siquiera la planificación de su casamiento la había podido sacar de ese estado. Estaba cansada de tener que luchar por todo lo que deseaba…muy cansada, extremadamente agotada.

Sumergió todo su cuerpo y su cabeza bajo el agua…las cosas había cambiado bastante pensó, ya no era la pequeña que nadaba en la bañera, ahora con su casi metro setenta de estatura tenía que dejar gran parte de sus piernas afuera si quería escuchar el silencio debajo del agua.

Se quedó unos instantes, hasta que ya no pudo contener más la respiración y sacó su cabeza para respirar. Todo era tan diferente fuera del agua…el cuerpo pesaba más, el alma dolía más, el corazón latía más fuerte y su sonido parecía enloquecerla.
Comenzó a llorar histéricamente y sus lágrimas saladas se mezclaban con el agua dulce de la bañera. Estaba tan asustada, se sentía tan terriblemente sola…

Solo deseaba estar con él, aunque fuera una vez. Aunque el mundo estallara en mil pedazos, solo deseaba que algo la arrancara de allí y la llevara donde él estaba.

De pronto comenzó a sentirse mareada…algo no estaba para nada bien, su mente comenzó a traer desordenadamente imágenes del pasado, desde su niñez, su adolescencia, su madurez…y ninguna era buena. Sentada en la bañera sin poder moverse, llorando desesperadamente, casi a los gritos, creyó ver a alguien parado en su baño. Cerró los ojos muy fuerte, sin dejar de llorar y los volvió a abrir. Lentamente giró su cabeza hacia la derecha y allí la vio. Casi transparente, la imagen de una mujer flotaba a su lado.

No necesitó más que unos pocos segundos para comprender que, aunque jamás la había visto, esa mujer era su madre. Y venía a buscarla.

La mujer que ella veía comenzó a acercarse sin caminar, hasta quedar a su lado. Ella comenzó a llorar nuevamente y le dijo desesperada que ya no podía mas, que el dolor era demasiado, que no deseaba más vivir si no podía estar con el hombre que amaba, que sabía el dolor que iba a causar a otros pero que estaba muy cansada, solo quería no sentir más nada. Nada, ni dolor, ni ese amor que la estaba aniquilando por dentro.

Sintió una suave caricia en su cabeza y lentamente volvió a sumergirse bajo el agua. Abrió los ojos y vio como el agua distorsionaba las imágenes, pero a pesar de eso la seguía viendo allí, parada a su lado.

Esta vez las imágenes que vinieron a su cabeza fueron más agradables y todo el tiempo escuchaba la voz de él hablándole, diciéndole lo mucho que la amaba, las ganas que tenía de estar con ella, de besarla, de hacerle el amor. Lo veía, lo sentía, lo imaginaba con ella, haciendo todas las cosas que siempre habían soñado.

Comenzó a sentir mucho frío y pensó en que hacia tanto tiempo que estaba en la bañera que seguramente el agua ya se habría enfriado. Pero se sentía tan bien debajo del agua que no quería salir por nada del mundo, allí todo era silencio y quietud, y eso era lo que más necesitaba su corazón. Paz.

Siguió viendo las imágenes que proyectaba su mente, mezcla de realidad y de los sueños que soñaba despierta todos los días, cada día sin que nadie lo supiera. Su visión se hacía cada vez más difusa, pero pensó que sería por tener tanto tiempo los ojos abiertos debajo del agua…

Lo mejor de todo, pensó, es que debajo del agua ya no necesitaba respirar.

Cuando él entró no estaba asustado, solo inquieto. Le extrañaba que justamente ella no hubiera respondido el teléfono en toda la mañana.

De escribir y esas cosas...

Me gusta mucho escribir.
No se si escribo bien o mal, pero me gusta hacerlo. Y me hace bien.

Por épocas escribo mucho, por otras nada...nunca logro tomar velocidad crucero y escribir de una manera sistemática y constante.

Tengo cosas que solo han quedado en el recuerdo porque perdí los textos, y otras que vengo guardando, atesorando porque no quiero perder. Son esas, las que quiero ir posteando aquí, y a las cuales se irán sumando nuevas a medida que las musas me vayan iluminando.

Les dejo un texto que escribí en Junio de 2007 y que solo algunos pocos privilegiados han podido leer. Se llama "Ella y El", no soy muy buena poniendo títulos a las historias, será porque no me gusta mucho rotular.

Es una historia un poco larga a lo que usualmente escribo, pero a la que le tengo mucho cariño, y por eso se ganó el lugar de ser la primera en este blog.

Se aceptan críticas, opiniones y comentarios...para eso estamos en crecimiento constante. Lo único que no acepto es una pregunta del estilo "¿por que te inspiraste en una prostituta para escribir esto? o ¿vos te drogaste alguna vez?".

Y no las acepto, no solo por irrelevantes al contenido de la historia, sino porque si al final de la historia las preguntas que rondan por tu cabeza son esas...entonces amigo mío, no entendíste nada.

Ella y El

Ella se acostó una vez más es esa cama helada. Un colchón tirado en el piso con apenas una manta no era su ideal para reconfortar el cansancio.

El cuarto hedía a alcohol derramado, a porro, a rancio de sábanas transpiradas, a sucio, a fluidos corporales de diferentes personas. Una mezcla nauseabunda, similar a lo que se había convertido su vida en los últimos años.

Miró sobre la mesita de luz el vaso servido por la mitad de vodka, estaba allí desde la noche anterior, cuando había compartido el momento con el tipo de turno. Sin mirarlo nuevamente, su mano recordó automáticamente el lugar donde esperaba el vaso. Le quemó la garganta por un segundo, solo un breve mareo y...nada.
Ya no hacía el mismo efecto que antes. Necesitaba más, pero no tuvo las fuerzas para volver a levantarse de la desarreglada cama.

Había sido un día muy duro, no era fácil soportar que te cojan todo el día con una sonrisa mal dibujada en la cara. A veces también tenía clientes allí, pero hoy no, hoy sentía que ya no podía más.

Miró a su alrededor y la asustó la imagen del espejo que ella misma reflejaba. Vio una tipa de unos 40 años, cuando ella solo arañaba los 31, ojerosa, tremendamente flaca, teñida de un patético rubio platinado, la pintura de los ojos ya se había corrido y de la de los labios no quedaba nada. Ella dejaba que la besen, ya no le importaba, esos labios que durante tiempo había soñado entregarle solo a él, ya sabían a lo amargo de su aliento.

Estiró la mano, dejó el vaso vacío y encendió la tele junto con un cigarrillo. No había comido en dos días y el cigarrillo la asqueó. Se dio cuenta que no tenía cenicero, le preocupó solo por un segundo, y al siguiente tiró la ceniza al piso. Hacía tiempo que había dejado de limpiar, hacía tiempo que había dejado de respirar.

Recordó por un breve instante esos tiempos en los que se ocupaba de todo, limpiaba los fines de semana cuando el trabajo en la oficina se lo permitía, cada noche cocinaba y se sentaba a comer en la mesa de roble del comedor que había sido de sus abuelos y que ya había tenido que vender para pagar las deudas. Por ese breve momento añoró esa vida simple que había abandonado por él.

Pensó por un segundo en él, como cada día antes de dormirse. Recordó su manera de hacerla sentir viva, una sensación que ya hacía años no experimentaba.
Pensó que sería de su vida, si tendría hijos, si sería feliz...

Sonó el teléfono. Pensó en no levantarse, había dejado el celular en la cartera.
Tuvo la estúpida idea de que podría ser él, sacudió la cabeza para sacarse esa idea, era realmente estúpido cuando ya habían pasado varios años desde la última llamada.
De todas maneras, nadie más la llamaba, ya no tenía amigos y los pocos vivos de su familia se avergonzaban de eso en lo que se había convertido.

Se arrastró hasta llegar al aparatito que no paraba de sonar, le dolía todo el cuerpo por el pelotudo del último cliente que con su forrada masoquista la había atado a la cama para cogérsela. Su mente se evadió a las maravillosas charlas de sexo que tenía con él, en las que fantaseaban con todas las cosas que después un puñado de impotentes le habían pagado por hacer.

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Él despertó luego de una breve siesta y la cabeza se le partía del dolor. Se sentó en la cama que olía a limpio de las sábanas recién traídas del lavadero y apenas apoyó los pies en el piso de su departamento, sintió la suavidad de la alfombra que lo cubría.

Había trabajado durante mucho tiempo en distintos lugares del mundo para comprarlo, pero no quería vivir en esta ciudad. Era la ciudad donde había soñado hacer su vida con ella y ahora se había transformado en una maraña de cemento y hierros que solo le recordaba su ausencia.

Mientras caminaba hasta la cocina, encendió su computadora portátil que descansaba sobre la mesa del comedor. Siempre la misma rutina al volver del trabajo, una breve siesta, conectarse, chequear los mails, charlar con algún amigo, algún diálogo poco interesante con la minita de turno, cocinar algo, releer papeles del trabajo y a dormir; para despertar al otro día en la misma rutina.

Se sentía como encerrado y abrió un poco la ventana del living, sirvió un vaso con agua y tomó un analgésico. Últimamente eran frecuentes sus migrañas. Mientras bebía detuvo su vista en la ciudad, que se disponía a descansar "aunque esta ciudad -pensó- nunca descansa".

Solía salir con mucha gente, siempre había sido un hombre muy sociable, disfrutaba de los espectáculos, del cine, de algún recital, de salir de copas...pero hoy no, ese viernes se sentía diferente. Solo deseaba que ella apareciera otra vez. Miró por un segundo la pantalla de la computadora, pero no, ella ya no estaba, hacía varios años que ya no estaba.

Recordó los diálogos que tenían, como le quitaban el sueño. El placer del entendimiento, la pasión, descubrirla a cada momento, hasta las peleas eran maravillosas, todo era intenso y eso era lo que extrañaba. Sentirse vivo. Si al menos encontrara alguien que pensara como ella, que se le pareciera un poco, para poder matar de una vez ese recuerdo que no lo soltaba desde hacía tantos años...Se enojó con el mismo por recordarla, todavía sentía el rencor arraigado en su corazón.

Encontró un mail de un compañero del trabajo con el que a veces salía. "Te paso el celular de la puta de la que te hablé, llamala boludo! es un infierno en la cama". Sí, últimamente cogía solo con putas, no sabía bien el porque pero era lo único que lo calentaba. No tenía ganas de perder tiempo en charlas vacías para levantarse a una mina en un bar, tener que pagarle un par de tragos y que después lo histeriquearan para ir a la cama.

Dudó. Hoy solo deseaba estar con ella, recordó su boca, su pelo, su manera de volverlo loco...cerró los ojos por un momento y volvió a ver la imagen que había guardado en su mente a través de los años, ya un tanto difusa pero allí estaba. "Hasta cuando vas a seguir torturándote con esto -pensó- ya sufriste mucho por ella. No vale la pena."

La imaginó viviendo en una casa humilde, vestida con ropa barata, con el pelo desarreglado y olor a comida, con varios hijos, y un marido de escasa inteligencia que le daba una vida simple que no la llenaba. "Es lo que eligió", se dijo.

Tomó del bolsillo interno de su saco el celular y lo miró por un minuto. Con la duda y el recuerdo mal trecho en su cabeza, marcó el número...15-4651-8972...del otro lado empezó a sonar.

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Ella juntó fuerzas y entró a la ducha. El agua no salía tan caliente como le hubiera gustado. La pastilla que había tomado para el dolor, mezclada con el medio vaso de vodka comenzaba a hacer efecto.

Era agradable sentir el agua corriendo por su cuerpo. Agachó la cabeza para que la lluvia golpeara su nuca y vio sus pechos. Pensó que a pesar de que ya no era una jovencita y los efectos de la mala vida se iban trasluciendo, seguía siendo una mujer interesante.

"Mamá, yo soy linda? -recordó- No, no sos linda. Sos interesante...pero no te preocupes porque la suerte de la fea, la linda la desea".

No pudo evitar el volver a odiarla.

Salió, secó su cuerpo vagamente, se puso una bata y se dispuso a esperar.
Tenía un cliente de última hora, era buena plata, pero no quería enterarse de nada.

Puso música. Abrió el placard. Encontró lo que buscaba.
Sobre el mármol del lavatorio del baño, armó una línea y la aspiró profundamente.

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Él terminó de disfrutar de su sándwich. Apagó la televisión, se puso el saco y buscó las llaves del auto.

Se paró frente a la puerta y antes de abrirla, volvió a pensar en ella. Que lejano estaba todo. Como podía ser que tanto amor hubiera devenido en tanto dolor?

Si al menos la hubiera visto una sola vez. Si hubiera podido tenerla entre sus brazos y demostrarle cuanto la amaba y todo lo que había hecho por ella.

Retrocedió sobre sus pasos. Abrió el mueble que estaba en el living, sacó una botella de whisky, sirvió bastante en un vaso y lo tomó casi de un trago.

Otra vez más, se iba a coger con una puta, pero hoy quería imaginarse que estaba haciéndole el amor a ella.

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Sonó el timbre y ella abrió la puerta. Vio la imagen difusa de un hombre alto, corpulento, muy bien vestido y con un perfume que le penetró el cerebro...le recordaba a algo, a alguien, pero no sabía a quien.

El hombre entró rápido casi sin mirarla, dejó el saco en la única silla que vio. Dio una mirada a su alrededor y le preguntó donde estaba el baño. Ella todavía con ese perfume dándole vuelta en la cabeza y un poco mareada, le señaló la puerta.

Entró y cerró la puerta. No entendía que era, pero algo estaba mal. Muy mal. Quizás tenía que irse, pagarle a la mina y volverse a su casa. Salió del baño y no la vio.

"Hola...estás por acá?" -miró las dos habitaciones que tenía el departamento, una grande con un colchón de dos plazas tirado en el piso, todo bastante sucio y desordenado; y la otra mas pequeña donde había una acumulación de cajas, valijas, bolsas con cosas...y lo que más le llamó la atención, una cuna.

De pronto sintió una mano sobre su mejilla que le acariciaba el rostro. Era ella.
"Hablá de nuevo" -le dijo. "Qué querés que te diga?" -le preguntó él, mientras cerraba los ojos y disfrutaba de la caricia. Nunca nadie lo había tocado así, con tanta suavidad, con tanta dulzura, con tanto amor...

Estaba por abrir los ojos cuando sintió que ella lo estaba besando, con la misma dulzura o más...sintió la humedad de lágrimas en el rostro de ella y no entendió. Pero era todo tan agradable, que no quería entender.

Comenzó él también a acariciarla, a sentir su cuerpo cerca del suyo y a dejarse llevar sin pensar absolutamente en nada. Jamás se había sentido tan perfectamente bien con ninguna mujer, ni puta, ni común...había una increíble y perfecta química.

No se miraban, no querían hacerlo, ambos temían abrir los ojos a una realidad que destruyera ese momento tan único. Las caricias y los besos se alargaban eternamente, él comenzó a llevarla hasta la habitación y lentamente comenzó a sacarle la bata que llevaba puesta. Le sorprendió que debajo, estuviera completamente desnuda, pero claro, "Es una puta" -pensó.

Ella no podía creer esa voz que había escuchado, era tan parecida a la de él...era un sueño, una locura, pero se moría de ganas de hacerle el amor a ese hombre. Se sentía aturdida, confundida, fuera de la realidad..."Debe ser la merca" -pensó.

Le sacó la ropa y lo besó por todo el cuerpo, él no pudo contenerse y mientras le besaba el cuello, la puso contra la pared. Sus manos la recorrían integra, los hombros, los pechos, la cintura, las piernas...la dio vuelta y le besó la espalda. Ella no pudo contener un gemido de profundo placer.

Ese sonido explotó en la cabeza de él y la puso frente a si, la levantó y comenzó a penetrarla. Gozaron como nunca lo habían hecho. Sin mirarse a la cara, esas dos personas que jamás se habían visto nunca, hicieron el amor de la forma más dulce, pasional y sincera de toda su vida.

Se tiraron sobre el colchón mientras seguían unidos uno al otro. Había una luz tenue en la habitación, pero jamás ninguno abrió los ojos. Perdieron la noción del tiempo, solo se olían, se sentían y se acariciaban.

Luego de un rato, no sabía bien cuanto, él notó por su forma de respirar que estaba dormida. Abrió los ojos, miró el techo por un segundo, respiró, se levantó despacio para no despertarla y se vistió rápidamente. La miró por un instante y vió ese pelo rubio mal teñido cubriendole la cara.

Dejó los billetes acordados sobre el único mueble que estaba en la habitación y salió. Por un momento se quedó mirando esa cuna nuevamente...y recordó el hijo que había deseado tener con ella. Al instante de ese pensamiento, le vino otro a la mente. Se había cogido a una puta sin cuidarse, no había pensado en absolutamente nada más que disfrutar el momento.

Siguió su camino hasta la puerta, dio una pequeña mirada y salió del departamento. Subió al auto, arrancó, sacó el celular del bolsillo y borró el número de teléfono.

Ella se despertó entre unos extraños sueños. Fue al baño, se lavó, se miró al espejo sin entender mucho y volvió al cuarto. Tomó el dinero y lo guardó en el placard.

Apagó las luces de la casa y se acostó...mañana tenía que salir a trabajar otra vez.